En economía lEl Yin y el Yan: necesario y equilibrados

Los jóvenes se vuelven locos por el socialismo… para salvar al capitalismo

Esta semana The Economist ha llevado a su portada el nuevo fantasma que recorre el mundo: el auge del socialismo millennial
Foto: Alexandra Ocasio-Cortez
Alexandra Ocasio-Cortez
Autor: Ramón González Férriz,

En su número de esta semana, The Economist lleva un tema de portada que ha llamado mucho la atención: ‘El auge del socialismo millennial’. La revista sostiene que existe una nueva doctrina de izquierdas, mucho más radical que la de los partidos socialdemócratas de las últimas décadas. Está auspiciada por jóvenes que ven en el ecologismo, la reducción de las desigualdades, la protección de ciertas identidades minoritarias y la regulación y nacionalización de determinadas empresas los objetivos naturales para su generación.

Sus caras más visibles son políticos, como la congresista estadounidense Alexandria Ocasio-Cortez, o periodistas, como el columnista británico Owen Jones (ambos nacidos en los años ochenta), tiene revistas propias como Jacobin en Estados Unidos o una parte importante de la sección de opinión de The Guardian en Reino Unido, y poco a poco va colonizando las estructuras políticas y mediáticas de sus países. Pero no todos son jóvenes: el senador y aspirante a candidato presidencial demócrata Bernie Sanders o el líder laborista Jeremy Corbyn, dos viejos radicales, son algunas de sus referencias.

Owen Jones. (Reuters)
Owen Jones. (Reuters)

Básicamente se trata, como se ve, de un fenómeno del mundo anglosajón -pero con mucha frecuencia, lo que sucede en la izquierda anglosajona se reproduce poco después en la española-, donde resulta llamativa su reivindicación de la palabra “socialista”. Aunque el término es habitual en los partidos de centro izquierda de la Europa continental, en los países de habla inglesa se identifica con posturas bastante más radicales que tradicionalmente han permanecido en reductos minoritarios, cuando no un poco excéntricos. Sanders, por ejemplo, lleva décadas definiéndose como “socialista democrático”, lo cual es algo distinto de socialdemócrata, lo que ha provocado numerosas críticas incluso en una parte de la izquierda que considera esa palabra maldita.

Ninguno de los representantes del nuevo socialismo millennial parece interesado en que el Estado posea todos los medios de producción. En Estados Unidos, suele reivindicar el New Deal de Franklin Delano Roosevelt (la enorme expansión del gasto público estadounidense que tuvo lugar después del crac de 1929 para recuperar la actividad económica, que luego sentaría las bases del estado de bienestar moderno) y en Reino Unido el modelo social anterior a la década de 1970, cuya gran protección y gasto público disminuyeron con la crisis del petróleo y, después, con la llegada al poder de Margaret Thatcher. El modelo se parece más a Escandinavia que a la Unión Soviética. Pero algunas de las ideas recurrentes del pensamiento marxista siguen ahí. Como su admiración (a veces explícita, a veces incómodamente implícita) por regímenes políticos como el de Cuba o Venezuela, o las conexiones con Irán o Rusia.

Una manera fácil de desdeñarles sería afirmar que son jóvenes; pero algunas de sus denuncias del capitalismo son certeras

Una manera fácil de desdeñarles sería, simplemente, afirmar que son jóvenes: la mayoría irá moderándose con el tiempo y la experiencia, y por lo general solo seguirán radicalizados aquellos cuyo modo de vida dependa de seguir radicalizados. Pero sería injusto. Porque algunas de sus denuncias de las disfunciones del capitalismo contemporáneo son certeras, aunque sus propuestas para solventarlas no harían más que empeorarlas. Su diagnóstico, sin embargo, tiene una valentía que el establishment político tradicional no ha mostrado.

La gran paradoja de este nuevo socialismo la expresó muy bien uno de sus líderes intelectuales, Yanis Varufakis, un economista interesante y un pésimo político, en un artículo publicado en The Guardian durante los peores momentos de la crisis griega y del euro. “¿Deberíamos dar la bienvenida a esta crisis del capitalismo europeo como una oportunidad para sustituirlo por un sistema mejor?”, escribió, haciéndose eco de la vieja idea marxista de que nada mejor que una gran crisis para hacer la revolución. “¿O deberíamos estar tan preocupados por ella como para emprender una campaña para estabilizar el capitalismo europeo?”

Impedir que explote el capitalismo

Su respuesta era compleja, desiderativa e incómoda para los suyos: Varufakis confesaba que quería “convencer a los radicales de que tenemos una misión contradictoria: impedir la caída del capitalismo europeo para comprar el tiempo necesario para formular su alternativa”. Por raro que parezca, los radicales de nuevo cuño sienten que parte que su misión es impedir que el capitalismo explote, salvarlo de sus peores instintos, mientras piensan soluciones alternativas. Lenin no estaría muy contento.

Yo mismo me quedé un poco perplejo cuando, hace un par de años, en un desayuno con numerosos representantes de las grandes empresas y un ex responsable de economía de Podemos, este expresó sus principales ideas en materia económica y las primeras medidas que implementarían si llegaban al poder: los suspiros de alivio de los altos ejecutivos fueron evidentes. Seguramente no estaban de acuerdo con el aumento de los impuestos o de ciertas obligaciones de prestar servicios a personas pobres con cargo al erario público, pero aquello no tenía nada que ver con la revolución.

Asumen principios como la tolerancia o el pluralismo, que son liberales y no marxistas, aunque con instintos un poco autoritarios

¿Son, pues, inocuos estos nuevos socialistas millennials? ¿Son solo socialdemócratas algo más agresivos? ¿Pertenecen, como ellos mismos han afirmado en ocasiones, a la izquierda previa a la tercera vía de los años noventa, sobrecargada de retórica y encantada de inducir miedo en sus adversarios? Es posible que sí. A fin de cuentas, el liberalismo, a pesar de todas sus crisis, es un sistema políticamente muy asentado y muy interiorizado intelectualmente. Muchos de ellos asumen principios como la tolerancia, el pluralismo o el parlamentarismo, que son liberales y no marxistas, aunque a veces los maticen con instintos un poco autoritarios.

La gran cuestión acerca de estos nuevos socialistas millennials es en qué medida imperarán esos instintos autoritarios, por suavizados que estén. Ninguno, es evidente, quiere volver a las viejas tragedias del siglo XX. Pero siempre que les leo o hablo con ellos tengo la sensación de que no son del todo conscientes de cuál fue la magnitud de estas. Como tampoco lo son del riesgo que corren los gobernantes de repetirlas por mantenerse en el poder o cumplir las partes más osadas de su programa. Pero por lo general, los socialistas millenials serán como todos los demás: jóvenes condenados a hacerse viejos.

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