¡Hace tiempo que China despertó! y ¿todavía no se han enterado?

¿China conquista Europa?
Sí, hace años…

Por Alexis Rodríguez-Rata
El avance del gigante asiático en los países de la UE antes incluso de la emergencia sanitaria por el virus alimenta las suspicacias comunitarias
Coronavirus. Crisis. Mascarillas. Esta triada ha vuelto a poner sobre la mesa, de la forma más cruda, lo mucho que España, Europa y Occidente dependen de la fábrica del mundo. Y es que en China se fabrica una gran parte del textil, plástico, electrónica y todo tipo de utensilios que usamos en nuestro día a día; desde el más simple bolígrafo al más complejo iPhone. Sin embargo, la relación va más allá. No todo es el actual puente aéreo de material sanitario para afrontar la emergencia sanitaria. Tampoco la tradicional autopista marítima. Porque incluso antes de la pandemia global, Pekín ya pululaba sus intereses por lo que –visto desde el gigante asiático– no es más que el extremo oeste de Asia.

El menú de China para Europa ya está aquí, con los mayores mercados del Viejo Continente como plato y los más relevantes sectores industriales como ingrediente principal. ¿El resultado? Hoy podrías comprar un coche made in Europe chino de chasis Volvo, ruedas Pirelli, motor Daimler y música del sello Universal Music por banda sonora.

La lista no tiene fin: puertos y aeropuertos, parques eólicos y petrolíferos, equipos y estadios de fútbol, carreteras y vías de tren, rascacielos… China está en todas partes. Apunta a las infraestructuras básicas de Europa. A veces la divide. Ya hay quien teme sus consecuencias.  

“China es nuestro rival sistémico y un competidor estratégico”, decía Bruselas el pasado mes de marzo. Eso pese a que en la última década, en la de la crisis financiera, los recortes, las protestas, las reformas, los préstamos y los rescates, el Impero del Centro no dejó de aumentar la inversión en el Viejo Continente. Según un reciente estudio de Bloomberg, un 45% más que la que respecta a EE.UU. Y siempre en sectores clave o estratégicos.

La República Popular en la sombra

Más de la mitad de las inversiones chinas en Europa han ido a parar a las principales economías del continente. Reino Unido, Alemania, Italia, Francia y los Países Bajos, por este orden, completan el podio. Industrias básicas como la química, la energética, construcción, minería, las telecomunicaciones, finanzas o el sector automovilístico han sido su diana habitual. Inversión segura e influencia asegurada.

Aparte, relevantes inversiones de origen chino han acabado en la periferia continental, especialmente en el Este y el Mediterráneo, con consecuencias que van de lo económico a lo político –tanto como para amenazar, visto desde el prisma de la Comisión Europea, con balcanizar Europa.

¿Será este el objetivo real de la estrategia del gigante chino?

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“El objetivo es conquistar mercados pero también todo lo que hay en estos mercados: tecnología, marca… lo que en principio es positivo para Europa como en su día lo fue que vinieran las empresas de EE.UU. o de Japón. No creo en absoluto en que haya un interés político. Es un poco exagerado lo expresado por la Comisión, porque, por ejemplo, Volvo era de Ford, se puso en venta y nadie tenía interés en comprarla. Geely se hizo con ella y mantuvo la empresa, el empleo, la sede, los directivos… la propiedad es china, la gestión está apegada al día a día europeo. Compañías que no tendrían futuro mantienen así los puestos de trabajo, porque no van a traer a los trabajadores de China”, indica Pedro Nueno, profesor emérito de Emprendimiento de IESE Business School y el presidente honorario de la prestigiosa China Europe International Business School (CEIBS).
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En los países sedientos de capital para encarar sus recientes estrecheces presupuestarias, China es vista como una oportunidad. Para el conjunto, quizá una creciente amenaza. Y es que, con 2016 como máximo exponente, las empresas chinas, líderes en sectores como las infraestructuras, han invertido billones de euros en el continente. Venden know-how. Pero las dudas sobre su fin real crecen al recordar que la República Popular es un país liderado por el Partido Comunista y enriquecido en las últimas décadas de la mano de una política de capitalismo de Estado, es decir, poniendo el dinero adquirido como fábrica del mundo en lugares de interés nacional, a veces de manera directa, otras mediante empresas privadas o semipúblicas de una forma más o menos abierta. Y según una reciente recopilación de Bloomberg, las compañías guiadas por los fondos de inversión públicos han asumido cerca de un 60% de la inversión total en el continente, y hasta un 80% de los principales compradores fueron empresas públicas o con apoyo de lo público en su accionariado sea estatal, regional o local.

(Además, a ello se añade el que la relación entre las empresas privadas y públicas y el Estado en China es algo más complejo que en Occidente. La mayor de las veces, poco evidente. Y que como nos relatan diferentes expertos, son datos complicados de compilar toda vez las empresas chinas a menudo utilizan paraísos fiscales con el fin de obtener mayores ventajas en sus inversiones.)

Es así que la UE vuelve al mapa y ve con otros ojos la presencia de China y su posición de fuerza en industrias y lugares simbólicos de la Vieja Europa y su cada vez mayor presencia en la Nueva Europa, en una carrera que la lleva a influir en la UE desde el interior a una velocidad creciente.

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De norte a sur, y de este a oeste

Cosco (China Ocean Shipping Company Group) es uno de los mayores puntales en el transporte de mercancías, una corporación que opera como compañía privada pero con total participación pública. Está presente en Bilbao, Valencia, Zeebrugge, Rotterdam o en la gestión y expansión del puerto de El Pireo en Atenas. Las empresas chinas también construyen ferrocarriles en Serbia, Montenegro, Bosnia Herzegovina y Macedonia del Norte. Beijing Automotive Group se hizo con el 5% de Daimler. Y se habla de construir reactores nucleares en Bulgaria y Rumanía, comprar una terminal portuaria en Croacia, construir un puerto en Suecia, hacerse con la checa Skoda Transportation o con una corporación irlandesa productora de crudo y gas, construir puentes en los Balcanes, realizar la conexión ferroviaria entre Budapest y Belgrado, hacerse con un operador eléctrico alemán, la Compagnie des Alpes de esquí en Francia y un largo etcétera. El último, la entrada en la aerolínea Norwegian.
Y es que las inversiones chinas en conjunto son menores a las de otros países. Pero han aumentado de forma rápida en la última década. Si según la Comisión Europea hasta un tercio de los negocios de la UE están en manos extrajeras, las que pertenecen o tienen presencia china (incluyendo a Hong Kong y Macao) han pasado desde un escaso 2,5% en 2007 al 9,5% hoy. Cerca de un 30% son norteamericanas, incluyendo las de EE.UU. y Canadá, pero eran el 42% en 2007. Y la guerra comercial, el Brexit o la inestabilidad del contexto no parecen detener esta senda inversa entre Oriente y Occidente.
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“Las empresas chinas buscan tres cosas: materias primas en América Latina, África, etc., porque no las tienen o no de forma suficiente; luego quieren aprender, buscan la tecnología, y por eso su interés en Europa; y, finalmente, China tiene tres billones de dólares en reservas y lo ha invertido en su mayoría en bonos del tesoro de EE.UU., pero quiere diversificar”, concreta Lourdes S. Casanova, profesora de Administración de Empresas y la directora del Instituto de Mercados Emergentes de la Universidad de Cornell (Ithaca, Nueva York).

El palo y la zanahoria vs La estrategia envolvente

Es así que China da pasos para asentar su posición en Europa. Y como en África, lo hace sin grandes condiciones previas como podrían ser la transparencia y el buen gobierno que suele acompañar a la ayuda y financiación pública comunitaria. La República Popular y sus corporaciones se limitan a obligar a contratar con empresas chinas las obras. Algo apetecible en una época de ajuste del cinturón presupuestario. Algo aún más relevante –más allá de la novedad, del sector, del volumen– en el Este, donde es un nuevo jugador entre Rusia y Occidente u Occidente y Rusia, los actores tradicionales.
De ahí la existencia de foros como el 17+1, de Pekín con casi una veintena de Estados orientales europeos, que ya ha puesto en alerta a la UE y que hasta hace poco era el grupo 16+1 y en 2012, en la primera reunión del grupo en Varsovia, de once. El 17 se sumó por la unión de Grecia. Y ahora se extiende el dilema de si, como hizo en marzo de 2019 con la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda, Italia vaya más allá y también se una. La visión en Bruselas es que sólo desde la unidad se podrá contrarrestar la fuerza e influencia de Pekín. China prefiere lo bilateral, y la importancia con la que lo gestiona se denota si miramos apenas la presencia en su última reunión en Dubrovnik este pasado año del primer ministro chino, Li Keqiang.

 

Por eso la respuesta europea en algunos casos ha sido restringir a Huawei y a ZTE en ámbitos tan neurálgicos como el 5G. En otros, palabras gruesas. En otros, el veto. Es el miedo a sufrir la estrategia del divide y vencerás, favorecida por la trampa de la deuda, por las necesidades financieras que gran parte de estos países vivieron en años recientes.

Porque la UE teme la historia de China y su estrategia envolvente. La misma que tras la Segunda Guerra Mundial usó Mao Zedong para dominar los centros urbanos liderados por el nacionalista y rival Chang Kai Chek. Es decir, evitar las grandes batallas, dominar los campos y recursos de los que se nutre para controlarla sin que ésta se percate. Lo mismo que hoy aplica en el mar de China Meridional, iniciando la defensa de sus reclamados dominios desde el exterior, yendo hacia su epicentro poco a poco, primero con el envío de barcos de pesca, luego barcos de vigilancia marítima, solo en última instancia de guerra.

¿Será la UE una nueva víctima de esta estrategia, empezando por su sur y este?

Qué respuesta dará la UE

Una nueva ley europea de febrero de 2019 buscaba supervisar las inversiones de terceros en los países de la UE –aunque no pueda evitarlas ni incluya, por no pertenecer al club comunitario, a la mayoría de los países de los Balcanes: ni Serbia, ni Montenegro, ni Macedonia, ni Kosovo ni Albania, la puerta de entrada por el sur a territorio de la UE, candidatos naturales de futuras ampliaciones y condicionados por la estrategia reformista del palo y zanahoria comunitaria que les lleve hasta la UE –pero que con la competencia de China resulta a priori menos efectiva.
Y así, ahora que la OTAN incluso se pone en cuestión, a la UE parece no quedarle otra que preguntarse: “¿qué hacer?”
fuente: Rhodium group
“China puede querer una UE que le sirva de barrera con EE.UU., pero no necesariamente la veo favorable a dividir Europa –aunque el divide y vencerás sea una política de toda la vida… Ellos invierten a medio y largo plazo, por ejemplo en Brasil y Portugal, en su red eléctrica, que creen que pueden optimizar con tecnología propia para hacerla global como ya lo es el world wide web”, incide Casanova. Con todo, el “tira y afloja” y las “reticencias” en la relación chino-europea, según lo describe Xulio Ríos en un reciente Vanguardia Dossier dedicado a Europa (Núm. 72, abril/junio 2019), es creciente.
¿Reducirá la UE los fondos que destina a la Hungría de Orbán o a Polonia por seguir, como se denuncia, con las políticas que expertos como Michael Ignatieff tildan de iliberales o autoritarias dejando vía libre a China? ¿Permitirá la UE que China divida la posición común entre los socios comunitarios y balcanice la postura europea y por tanto su capacidad de gobernanza e influencia? ¿O a la UE le dará resultado su política del palo y la zanahoria, como parece indicar el que Macedonia cambiara su nombre a Macedonia del Norte para facilitar su integración en Europa –que por una cuestión nominal Grecia siempre rechazaba?
La expansión global china acompaña al siglo XXI y se impulsa tras la última crisis financiera global en un momento lleno de oportunidades. Hoy China avanza en Europa. Y la UE se divide, por ejemplo en una votación en Naciones Unidas sobre los derechos humanos en el gigante asiático. Ahora todo son preguntas. La duda sigue siendo ¿hasta cuándo?

 

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