Kafka no escribe como habla, ni habla como piensa, ni piensa como debería pensar…pero si sirve de consuelo, muchos no hablan, ni piensan, ni son coherentes consigo mismo

Franz Kafka: “No escribo como hablo, no hablo como pienso, no pienso como debería pensar…”

La Esfera de Papel

Se publican 778 cartas del autor de ‘La metamorfosis’, 145 de ellas inéditas, que corresponden al período 1900-1914, año de la ruptura con Felice Bauer, anhelo e infierno de un hombre atormentado

“Por supuesto que acepto la invitación de la Asociación Herder, e incluso me alegra leer en público. Leeré el relato publicado en Arkadia, que no dura ni media hora. ¿Qué tipo de público habrá? ¿Quién más leerá? ¿Cuánto dura todo? ¿Basta un traje de calle? (Pregunta inútil esta última, puesto que no tengo otro). Pero contésteme a las otras preguntas, por favor”.

Esta carta inédita en español, fechada el 25 de noviembre de 1912, se refiere a La condena. Kafka tiene 29 años, está risueño y esperanzado. Para entonces ya es doctor en Derecho, trabaja seis horas al día en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo para el reino de Bohemia en Praga, tiene novia (Felice Bauer) y un amigo (Max Brod) que ha conseguido que publique el relato (y cuando muera, desatendiendo sus deseos, todo lo que encuentra). Pero ese mismo día, horas después, en la carta que dirige a Felice hallamos al hombre sensible y atormentado por el amor: “Hay días, como el de hoy, en los que tiemblo esperando tu carta con una expectativa insoportable”.

Horas antes, en otra carta también a Felice, asoma su desazón literaria, su otra y principal obsesión: “Tendré que dejar a un lado por hoy mi pequeña historia, en la que no he trabajado tanto como ayer, y dejarla descansar uno o incluso dos días, por culpa del maldito viaje a Kratzau (…) Un relato así debería escribirse en dos sesiones de diez horas cada una (…) Se trata de intentar hacerlo lo mejor posible, dado que la excelencia nos está negada”. En 24 horas hallamos reunidas todas las preocupaciones de un hombre atormentado que sin embargo tuvo el coraje de escribir, en apenas 40 años, unas 1.500 cartas, un volumen de Diarios de más de 600 páginas y obras de referencia que han marcado, desde su muerte en 1924, los gustos y tendencias literarias en todos los confines del mundo, con títulos como La transformación (más conocida como La metamorfosis), El proceso, El castillo o la estremecedora Carta al padre.

Junto a los Diarios, el epistolario de Franz Kafka (1883-1924) ayuda, trabajo coordinado por Jordi Llovet, a adentrarse tanto en una escritura nada complaciente como en una personalidad enigmática, de ahí que la publicación de todas las cartas (778) que comprenden el período 1900-1914 es todo un acontecimiento. No sólo porque se incluyen 145 inéditas (de las otras 60 se sabe su existencia pero no se conserva el texto), sino también por el orden cronológico en que se presentan, lo que permite acercarnos a lo que Kafka sentía casi a diario, tanto en sus relaciones personales como en su quehacer literario. Por ejemplo, en mayo de 1914 se simultanean los preparativos de la boda con Felice con unos momentos muy delicados en su relación (“Puede que ahora unamos nuestras manos con firmeza, pero el suelo bajo nuestros pies no es firme y se desplaza sin cesar y sin ley”) y ello se solapa con una carta apasionada a Grete Bloch, amiga de Felice (“Usted no puede saber todo lo que significa para mí”): entre un texto y el otro apenas transcurren 10 días.

Las cartas de Kafka, la partitura de sus inquietudes

Estas cartas suponen la caja de resonancia donde se refleja la partitura de sus inquietudes. Por citar otro texto inédito, el lector puede asomarse a una velada literaria al modo de las que ofrecían los Verdurin en A la busca del tiempo perdido de Proust, pero en Praga y a cargo de la señora Berta Fanta, esposa de un farmacéutico: “Qué bonitas son allá las veladas; la luna brilla fuera, aunque no se vea porque las cortinas están bajadas, pero así y todo brilla, y dentro la gente bebe, sorbe limonada azucarada sentada en unas sillas un poco duras (…) Uno se entretiene con charadas, juegos de prendas, prestidigitación y otras diversiones. También acuden artistas de maravillosa vanidad e incultura” (7-II-1903).

También se pueden rastrear sus lecturas. En otra carta inédita probablemente de 1909 confiesa a Ernst Eisner, director de la compañía de seguros Assicurazioni Generali, donde trabajó Kafka: “Mi formación profesional es en general bastante deficiente. ¿[Robert] Walser me conoce? Yo no. Conozco Jacob von Gunten, un buen libro. No he leído los otros, en parte por culpa de usted, que no ha querido comprar Los hermanos Tanner a pesar de mi recomendación”. O asuntos menores, como cuando relata (también en otra carta inédita), el 25 de febrero de 1911, lo siguiente: “He comido un asado de ternera con patatas y arándanos y, a continuación, una tortilla, y he bebido, para acompañar y también después, una botellita de vino de manzana”.

Años después se volverá durante largos periodos vegetariano y se prohibirá el café, el té y el alcohol, si hacemos caso a lo que escribió el Premio Nobel Elias Canetti en El otro proceso de Kafka (Muchnik editores). Este libro es fundamental como compañero de viaje en esta singladura de regresar a Kafka, pues desmenuza cómo el escritor aborda su insomnio, su obsesión enfermiza por escribir (y cita textos del propio Kafka, como “toda mi forma de vida está centrada exclusivamente en la creación literaria (…) El tiempo es breve, las fuerzas exiguas, la oficina un horror, el hogar ruidoso”), su aversión a la forma de vida en pareja y disecciona su relación con Felice Bauer, una de las tres mujeres fundamentales en su vida, junto a Grete Bloch y Milena Jesenská. Podría añadirse a Dora Diamant, su última amante. Las cartas a ella dirigidas y que fueron secuestradas por la Gestapo, aún no han sido encontradas y ésa es la razón por la que se demora la publicación de las misivas que Kafka escribió entre 1914 y 1924.

Si viajamos hasta el 3 julio de 1914, en los días en que se produce la ruptura con Felice y está a punto de estallar la Primera Guerra Mundial (no podemos olvidar la anotación de Kafka en su diario el día en que comenzó el conflicto, el 2 de agosto: “Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde, Escuela de Natación”) nos encontraremos con un Kafka desconocido, muy enfadado, colérico incluso, por sentirse estafado a propósito de La transformación. Esto escribe a Robert Musil: “El relato fue revisado (…) y al final fue aceptado sin condiciones (…) Y ahora que han pasado meses desde la aceptación, se me exige que lo acorte en una tercera parte. Eso es actuar de manera indigna (…) Podría ser también que no quieran ya el relato y utilicen a posteriori (…) esta forma de rechazo encubierto”.

El final será muy otro gracias a su amigo Max Brod, quien, además de publicar su obra ya fallecido, en vida fue su mejor aliado, quien mejor lo conoció. A él también le debemos un impagable ensayo, Kafka (Alianza editorial), para completar el puzle que fue ese hombre que aún se nos escapa. Por ejemplo en el trato con su padre, el comerciante Hermann Kafka. Cuenta Brod un detalle revelador: “Uno de sus libros, El médico rural, lo dedicó al padre. La respuesta con que el padre recibió el libro (seguramente sin mala intención) fue citada a menudo por Franz. Sólo dijo: ‘Ponlo sobre la mesilla de noche'”. También ahonda en la autocrítica del escritor, “su extraña modestia”, su peculiar admiración por Balzac , cómo le confiaba sus autores predilectos (Flaubert, Stefen George, Walser), qué autores compartían, la atracción que ejercía sobre las mujeres, cómo luchó hasta conseguir un puesto en el que trabajara “sólo hasta las dos” para dedicarse por la tarde a escribir…

Pero quizá todo empezó el 21 de julio de 1900, al menos se podría fantasear con que el mundo de Kafka arrancó con la primera carta que se conserva y que iba dirigida a su hermana preferida, Gabriele: “Pequeña Elli, ¿qué aspecto tienes? Ya te he olvidado del todo, como si nunca te hubiera acariciado”.

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