La insoportable levedad del ser o no ser

 

El futuro se ha acabado: si crees que tienes casa o trabajo, te equivocas

Nadie sabe dónde estará mañana, si cambiará de empleo o tendrá que mudarse. Esto ha generado una sociedad en la que el largo plazo ha desaparecido y el pasado no tiene valor
Foto: Una vida en paréntesis. (iStock)
Una vida en paréntesis. (iStock)

De unos meses a esta parte, me he convertido en un inopinado experto en despedidas. Amigos que se mudan, compañeros que se marchan (o los marchan), siempre hay motivos para montar un funeral a la irlandesa y brindar por la fugacidad de las cosas y rezar por que la ruleta del destino gire a nuestro favor. Me recuerda a 2008, cuando muchos hacían la maleta para probar suerte donde fuese, así que estoy curtido. Saber que no voy a volver a pisar un apartamento en el que he pasado noches inolvidables o que no voy a volver a trabajar con alguien a quien aprecio me resulta casi indiferente. Es un signo de madurez, me gusta pensar, más que de protección ante el vértigo que da la rapidez con la que cambian las cosas.

Un amigo ha tenido que dejar hace poco su piso porque su dueño quería subirse a la ola y venderlo por una cantidad casi suficiente como para jubilarse. Otro compañero ha cogido las maletas y se ha movido un par de kilómetros más allá por aquello de la burbuja del alquiler que va barriendo hacia las afueras a los inquilinos. Y un tercero ha vuelto a compartir piso después de volver de Alemania, como hizo una década atrás. No teman, este no es otro lamento sobre la subida del precio de los alquileres. Se trata, más bien, de una llamada de atención ante la facilidad con la que aceptamos que todo en nuestras vidas sea cada vez más temporal.

Me preocupa que nadie a mi alrededor haga planes a largo plazo, que hayamos comprado el discurso de que todo puede (y debe) cambiar continuamente

Cada vez que vuelvo a casa después de una de estas despedidas tengo una extraña sensación, y es cómo ese lugar donde llevo viviendo más de un lustro (toco madera) de repente parece ante mis ojos el piso de un extraño que he ocupado sin que se diese cuenta. No puedo evitar sentir que de un día para otro voy a tener que salir por la puerta para siempre, como si fuese el apartamento de la playa a finales de agosto. Quizá por eso he abarrotado las estanterías con discos, libros y películas: es un ritual mágico para sortear el mal de ojo de esa vida errante que llevan los que me rodean. No se debe a que sea un piso de alquiler, creo que pensaría lo mismo si lo hubiese comprado a tocateja. Se trata, más bien, de esa sensación ominosa de que la vida (mi vida) puede cambiar por completo de un momento a otro. A mejor, a peor, o a saber.

Lo sabemos bien. Si nuestro tiempo tiene un signo, ese el de la provisionalidad de las cosas (les ahorraré citar a Bauman). Aquello que en un momento pudo ser un llamativo nuevo rasgo, se ha convertido en algo estructural, animado recientemente por la cantinela de que hay que reinventarse continuamente. Cada vez me preocupa más que a mi alrededor nadie parezca hacer planes a largo plazo, que hayamos comprado el discurso de que todo puede (y debe) cambiar de un momento a otro. En la agenda de mi móvil, “casa” sigue marcando el número de mis padres. No tienes casa ni trabajo, aunque lo creas: lo único que tenemos es la seguridad de que todo es efímero.

Una vida guardada en un zulo

Me saluda desde la marquesina del metro un cartel gigantesco de una empresa de trasteros. No me sorprende descubrir que estén experimentando un espectacular ‘boom‘, sobre todo, en el centro de las ciudades, de forma paralela a la subida de precios. El trastero es la metáfora por excelencia de esa existencia siempre en transición, entre paréntesis, en una continua postergación de planes porque nos resulta literalmente imposible pensar en mañana. ¿Vives en un piso pequeño o compartido? El resto de cosas, al trastero. ¿Has vuelto a casa de tus padres? Al trastero. ¿Has cerrado un negocio pero no sabes dónde meter las cosas que te han sobrado? Al trastero. Cualquier cambio vital se salda con una visita al trastero, propio o ajeno.

Los trasteros, los nuevos cementerios. (iStock)
Los trasteros, los nuevos cementerios. (iStock)

En el trastero están todas aquellas vidas paralelas a las que queremos volver en algún momento pero no sabemos cuándo (probablemente nunca), acumulaciones de existencias pasadas. Son depósitos de cadáveres de las viejas ilusiones, donde se mete todo aquello de lo que no somos capaces de deshacernos porque hacerlo sería admitir que hemos renunciado a una parte de nosotros. En los trasteros también se guardan las pertenencias de los fallecidos que, casi por superstición, sus familiares se resisten a tirar, porque sería como arrojarles a ellos a la basura. Es probable que, a medida que pasen los años y nos acostumbremos a vivir en zulos, las ciudades se empiecen a llenar de trasteros mortuorios donde reposan todos esos objetos que significaron algo para un olvidado cadáver. Por cada persona, un nicho en un cementerio y un trastero.

Las casas, mientras tanto, se han convertido en lugares de paso, hoteles venidos a más en los que uno está siempre con un pie en la puerta. Es un correlato del perpetuo movimiento que se ha impuesto en el mundo laboral —ten ambición, medra, muévete, fórmate, viaja, ¡emigra!—: ¡ay! del que se quede quietecito, conforme con lo que tiene, nos avisan los gurús. Nos explican que el perdedor, según las reglas del juego moderno, es aquel que se aferra al pasado (y por extensión, a lo material y tangible, como un piso en el que vivir hasta que llegue la muerte) y por lo tanto se olvida del futuro: es paradójico que en la era de la nostalgia no haya nada peor visto que aspirar a la estabilidad, esa tara de conformistas.

Hoy somos juzgados día tras día: somos tan buenos como nuestro último trabajo. Y eso provoca que el pasado, por bueno que sea, carezca de valor

Pocos tuvieron tan buena visión para anticipar ese cambio de tendencia como Richard Sennett. En uno de los capítulos más memorables de ‘La corrosión del carácter‘, el sociólogo retrataba a los trabajadores de una panadería que, después de la introducción de nuevas tecnologías, habían dejado de entender cómo se hacía pan. Lo que les distinguía de los panaderos tradicionales, que conocían en profundidad el funcionamiento de masas y hornos, era su ausencia de pasado, así como de la identidad que proporciona estar ligado a una profesión y sus códigos: podían estar allí como en cualquier lugar. Pero eso también implicaba, paradójicamente, que tampoco tuviesen confianza en el de futuro. ¿Para qué, si nada tiene sentido?

Han pasado 20 años de aquel libro y ya todos tenemos grabado en el cerebelo que el suelo se puede abrir bajo nuestros pies en cualquier momento. Hace poco, comentaba con otro periodista lo duro que se hace ser juzgado día tras día, que seas tan bueno como tu último artículo (así que ya saben, si este fracasa miserablemente, quizá no vuelvan a leer otra columna mía), como si el pasado careciese de valor y todo fuese presente. Hace no tanto, la rutina, la monotonía y el tedio, esas cosas que tanto odian las empresas modernas, permitían conectar el pasado con el presente y lanzarlo al futuro al permitir creer que, mejores o peores, las cosas seguirían más o menos igual. Y ello implicaba que esa cosa tan rancia de “tener” un techo bajo el que dormir o un trabajo al que volver cada lunes, por muy aburrido que fuese, era tan tranquilizador como saber que el sol iba a seguir saliendo por el este.

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